VALENCIA CENTRAL: ¿UNA CIUDAD SIN AUTOMÓVILES?.
28 febrero, 2020
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VALENCIA CENTRAL: ¿UNA CIUDAD SIN AUTOMÓVILES?.

JAVIER DOMÍNGUEZ RODRIGO.
Arquitecto.

Las recientes manifestaciones de agricultores y ganaderos, como las de los chalecos amarillos en Francia, han servido para denunciar el imparable proceso de marginación de las clases populares, especialmente en la España vaciada.

Al hacer visibles a los invisibles se cuestiona no sólo la mezquina deriva insolidaria del modelo social europeo sino también la vigente geografía del bienestar y la forma en que las distintas instituciones nacionales, regionales y locales se enfrentan a los desafíos medioambientales.

La transición energética, en aras a combatir las negativas consecuencias del cambio climático, es imprescindible. Pero no puede sustentarse en la subida de los impuestos a los combustibles contaminantes sin generar numerosas víctimas.

Lo mismo sucede con las, cada vez mayores, restricciones a la circulación de vehículos en los centros urbanos. La actual política de movilidad sostenible corre el riesgo de incrementar la desigualdad perjudicando a quienes, habiendo perdido el tren de la globalización, precisan el coche bien como herramienta de trabajo, bien porque habitan en alejados barrios dormitorio o municipios mal comunicados de la extensa área metropolitana.

De ahí las polémicas provocadas por la medidas adoptadas por el edil Giuseppe Grezzi: carril bici, eliminación de pasarelas en la avenida del Cid, zonas 30, accesos al Saler y al Palmar, cambios en la EMT, peatonalizaciones,…

Es obvio que constituyen un arma de doble filo, si bien su rédito electoral es hasta la fecha favorable a la coalición de gobierno. Resulta indudable que el referente en que Valencia se mira no es otro que el de Madrid Central de Manuela Carmena, cuya progresiva implantación por fases reproduce.

Emulando los pasos seguidos en la capital del Reyno, Grezzi avanza con su proyecto estrella de derrotar la servidumbre ciudadana al automóvil, anunciando la inminente prohibición del acceso libre de vehículos al corazón del cap i casal, modificando el trazado de la transitada calle Colón.

La medida no deja indiferente a nadie. Y la disputa partidista hace que mientras para unos, la propuesta sea el buque insignia de un nuevo paradigma territorial sostenible, para otros no represente más que una demagógica apuesta de perversos y negativos efectos en la maltrecha economía de la ciudad.

Muchas son las preguntas que la decisión de la corporación suscita: ¿cómo afectara al tráfico general? ¿colapsará la ronda y los bulevares? ¿qué problemas causará en colectivos como repartidores, pequeño comercio, hostelería,…? ¿tendrán los vecinos de intramuros que alterar sus hábitos?
La verdad es que un planteamiento radical, como es el cierre circulatorio parcial del casco antiguo, debería sustentarse en datos reales de su impacto en la calidad de vida de los residentes, en el turismo, en la actividad comercial, empresarial, de restauración, ocio,… Y, lógicamente, en la ecología urbana.

En una época dominada por los conceptos de big data y smart city la buena gobernanza exige valorar las consecuencias socioeconómicas de cualquier actuación, aunque su coste directo sea relativamente modesto.

La falta de transparencia ha crispado a quienes desde un primer momento han visto lesionados sus legítimos intereses, como son las agrupaciones de comerciantes del centro histórico, los taxistas, las personas con dificultades de movilidad, los servicios de seguridad y emergencia,…

Es innecesario fracturar la convivencia y a la acción política del consistorio le ha faltado tanto cintura, para aplicar gradualmente los cambios y dialogar alcanzando amplios consensos, como grandes dosis de pedagogía social.

Todo ello lastra un plan, manifiestamente mejorable (trazados de Antiguo Reyno,..), que siempre ha carecido de un enfoque metropolitano y cuya titubeante ejecución por fascículos (plazas de Brujas, Reyna,…) certifica lamentablemente la ausencia de una matriz multidisciplinar de movilidad global.

Conseguir un casco antiguo más saludable, acogedor, con aire más limpio (reduciendo las emisiones de dióxido de nitrógeno), menos ruido y con un espacio público abierto, inclusivo y de alto valor paisajístico puede y debe ser un objetivo común para los valencianos.

Pero la solución no puede limitarse al diseño y reforma de la estructura circulatoria. Los arquetipos de los ensanches de Haussmann -París-, Cerdá -Barcelona-, Mora -Valencia-,… necesitan redefinirse por completo.

Claro que hay que renovar conceptualmente la polis del siglo XXI y que las directrices europeas van en la dirección correcta, pero su éxito depende en gran medida en cómo sean asumidas por la colectividad.

https://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/valencia-central-ciudad-20200228235850-ntvo.html