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ANTONIO ESCARIO. IN MEMORIAM. - Javier Dominguez - Arquitecto
ANTONIO ESCARIO. IN MEMORIAM.
9 junio, 2018
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ANTONIO ESCARIO. IN MEMORIAM.

 

Javier Domínguez Rodrigo.

Arquitecto.

 

Nos ha dejado a los ochenta y tres años un arquitecto admirable, funcionalista exquisito e indiscutible referente de la modernidad, aunque su recuerdo y su extraordinaria obra permanecerán para siempre.

 

Formado en la Escuela de Madrid aprende el oficio creativo de las principales figuras del momento: Miguel Fisac, Alejandro de la Sota, Francisco Javier Sáenz de Oiza, Fernando Higueras, Javier Carvajal, Miguel Oriol, Antonio Camuñas,… Durante los últimos años de carrera trabaja con Casto Fernández-Shaw Iturralde, autor con Pedro Muguruza del edificio Coliseum de la Gran Vía.

 

Con ellos forja las claves figurativas de su palimpséstico imaginario, siempre atento a la racionalidad conceptual -tipologías, contexto,…-, la sencillez mecanicista y la dimensión constructiva de la disciplina. De ahí el ideario de una personalidad vanguardista, pragmática, contraria al divismo, la frivolidad mediática y la trivialización iconográfica.

 

Muchos son sus ilustres compañeros de estudios universitarios, entre los que destacan Rafael Moneo, Juan Daniel Fullaondo, Cesar Portela y Rafael Tamarit. Son años de ilusión y camaradería que continúan al finalizar la carrera, ya que durante más de dos décadas comparte despacho -EVV- con José Antonio Vidal y Pepe Vives, a los que siempre considera más amigos que socios.

 

El éxito de la marca EVV, introduciendo una pionera estrategia empresarial, se produce rápidamente, merced a los magníficos edificios residenciales que salen de su estudio y que terminan siendo auténticos iconos del skyline del cap i casal, como la Torre Ripalda (1969).

 

La lógica estructural y organizativa de la planta, la indudable exhibición visual de la monumental pieza de dieciséis pisos, las esquinas bífidas, las amplias terrazas continuas, la delicada materialidad a base de madera y ladrillo visto definen una composición rotunda que emerge airosa en la escena urbana.

 

Su Albacete natal y la Comunidad Valenciana son privilegiados depositarios de su inmenso y prolífico legado: Oratorio de San Felipe Neri, Museo Arqueológico y de Bellas Artes, Hospital Siquiátrico, Promobanc, Facultad de Farmacia -Premio Nacional de Arquitectura 1992 CEOE-, hotel Bali, Oficina de Armonización del Mercado Interior -OAMI-,…

 

Porque su  abundante producción edilicia durante más de medio siglo, deja magníficos objetos canónicos como la capilla de Los Filipenses -1963-, que diseña con apenas veintiocho años, inspirándose  en el santuario de Notre Dame du Haut -Ronchamp-, auténtico icono lecorbuseriano.

 

Considerado uno de los mejores ejemplos de la arquitectura española del siglo XX, el pequeño cenobio de la capital manchega se expone en el Pabellón de España de la Bienal de Venecia -2014-, de la que es comisario el holandés y Premio Priztker Rem Koolhaas.

 

Antonio mantendrá siempre una irrefrenable ambición intelectual y jamás perderá ese espíritu insatisfecho de exploración constante. Incluso en el final de su vida, golpeado por la enfermedad, su hábil y elegante mano continua incansable dibujando una Arquitectura con mayúsculas, sin duda, su gran pasión.

 

Afortunadamente tanto talento y sensibilidad contribuirían a la consolidación de la restablecida Escuela de Valencia -1966-, heredera directa de la Academia de Bellas Artes de San Carlos -1768-, que instala sus aulas en el antiguo Palacio de la Exposición (1909).

 

Escario se incorpora como profesor de Proyectos en 1970 coincidiendo en su labor pedagógica con Román Giménez, Miguel Colomina Barberá, Juan Mª Dexeus Beaty, Juan José Estellés, Rafael Tamarit, Juan de Otegui, Cristina y Camilo Grau García, el escultor Ramón de Soto, el pintor Jorge Teixidor,…

 

Con los hermanos Grau mantiene una estrecha amistad, especialmente con Camilo con quien a menudo comparte conversación, viajes y aficiones. Juntos ganan el concurso en 1981 para la  nueva sede e instalaciones del Real Club Náutico en el puerto.

 

Los que tuvimos el privilegio de ser sus alumnos, pudimos constatar su inagotable capacidad para transformar lo doméstico en suntuoso, revalorizando sin excesos los espacios íntimos de la vida cotidiana. En suma, su desbordante pasión por la Arquitectura.

 

Escario pertenece, por su sólida trayectoria profesional y la inmensa calidad de su legado construido, al universo de los grandes creadores del siglo XX. Es parte de esa minoría selecta que, con humildad y en silencio, son capaces de hacer realidad los sueños colectivos, como el danés Jörn Utzon o el que fuera su verdadero guía espiritual, el arriesgado reformador Sáenz de Oiza.

 

Su valentía, su talento, su incansable búsqueda de la belleza y su extrema coherencia, anteponiendo siempre los principios a los intereses, no dejaría indiferente a nadie incomodando a bastantes. A pesar de ello siempre contaría con el respeto y el cariño de la mayoría de sus compañeros, que le reconocerían en 2013 como Mestre Valencià d’Arquitectura.

 

Descanse en paz el virtuoso artesano y ejemplar maestro que fue.

 

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