LAS PLAZAS VALENCIANAS: UNA ASIGNATURA PENDIENTE.
1 Noviembre, 2015
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LAS PLAZAS VALENCIANAS:

UNA ASIGNATURA PENDIENTE.

 

Javier Domínguez Rodrigo.

Arquitecto.

 

La dialéctica centro-extrarradio exhibe abundantes contrastes que reflejan la heterogeneidad social a la vez que formulan cuestiones más complejas como son la crisis de identidad de los barrios periurbanos o la excesiva museización de los cascos antiguos en base a exigencias patrimoniales mal entendidas.

 

Porque una de las asignaturas pendientes de la capital del Turia, cuyos tejidos históricos (El Carme, Velluters,…) asemejan un verdadero gruyère es la revalorización paisajística y ambiental de su espacio público, devolviendo el protagonismo a la arquitectura. Resulta inaceptable que las principales plazas -Ayuntamiento, Reina, els Furs, San Agustín,…- lleven décadas con unos usos desequilibrados y un implacable predominio funcional como nudos de tráfico.

 

Con tres remodelaciones completas -Parque de Emilio Castelar (1899), reforma de Javier Goerlich (1929),…- en poco más de un siglo de existencia, la monumental y grandilocuente explanada del Ayuntamiento testimonia la falta de continuidad y arraigo de la cultura urbanística.

 

No menos desafortunadas son las operaciones de cirugía y sventravento que dan lugar a las aperturas de las plazas de la Virgen y de la Reina Mª de las Mercedes de Orleans. La construcción en ésta de un aparcamiento subterráneo en 1979 anuncia un prolongado periodo de culto totémico al automóvil.

 

A pesar de todo, las plazas continúan siendo ese gran teatro en que la ciudad, a través de los tiempos, se reconoce siempre a sí misma. En ellas palpita apasionadamente el corazón del cap i casal: manifestaciones populares -Fallas-, celebraciones cívicas, procesiones religiosas,…

 

No en vano esos enclaves son símbolos inequívocos del poder y singulares escenarios de la vida cotidiana. Todas las grandes metrópolis tienen su ágora de referencia: Tian’Annem en Pekín, Taksim en Estambul, Tahrir en El Cairo, Síntagma en Atenas, el Duomo de Milán, la Grand-Place de Bruselas, San Marcos de Venecia, el Obradorio para Santiago de Compostela,…

 

Valencia necesita reformular el papel de sus plazas, que en modo alguno pueden entenderse como mero hábitat o espacio físico, sino que deben ser pensadas como un hecho social, verdadero emblema de una comunidad más cosmopolita y participativa.

 

Urge estimular la búsqueda de alternativas capaces de facilitar el reconocimiento y valoración del pasado, auspiciar un nuevo pacto coche-peatón, potenciar la atracción hacia el mundo poético de la arquitectura y reconquistar la confianza de la mayoría.

 

Joan Ribó tiene el desafío de liderar con éxito un giro copernicano en la gestión del espacio público y de la ciutat vella, apostando con decisión por un impulso ético y devolviendo el protagonismo al ciudadano ausente.

 

La recualificación -morfológica, ambiental,…- de las grandes plazas valencianas exige además restituir su memoria con excavaciones arqueológicas que documenten tanto las trazas y huellas de los conventos desamortizados que las hicieron posibles -San Francisco,…- como los abundantes fragmentos que se acumulan en su subsuelo: estructuras islámicas, acequia de Robella,…

 

Siguiendo el modelo de Florencia o Pisa, conviene implementar planes de recuperación del patrimonio arqueológico, singular referencia identitaria y temporal, fomentando su rol pedagógico y su puesta en valor. Las técnicas de búsqueda no intrusiva -georadar,….- minimizan el impacto de las obras en el vecindario (molestias, tiempo de duración,…) reduciendo su coste político.

 

Ayuntamiento y Reina constituyen el centro representativo y neurálgico de la city, su imprescindible pieza nuclear, pero su reforma requiere una visión global y de conjunto. Sería un error no delimitar un ámbito más amplio y coherente de intervención que incluya al menos las avenidas Marqués de Sotelo, María Cristina,… y las calles de San Vicente, de la Paz,…

 

Devolver el uso y disfrute de la calzada al peatón aún siendo prioritario no es suficiente. Las operaciones de renovación y mejora han de perseguir objetivos más ambiciosos, implicando a los diferentes agentes sociales, técnicos, artísticos, y económicos. Deben concebirse como iniciativas transversales que inviten a todos a comprender y gozar de la buena arquitectura.

 

No basta con mostrar el balcón municipal. La casa consistorial ha de poder ser vivida como un auténtico icono urbano ya que alberga algunos de los símbolos -Llibre dels Furs, Real Senyera,…-  más queridos por los valencianos.

 

Su majestuosa arquitectura lujosamente decorada (hemiciclo, grandes salas,…) ha de poder se aprehendida, al igual que sus espectaculares azoteas y terrazas, pues también el skyline ha de incorporarse al imaginario colectivo.

 

Hay que concebir con rigor rutas de autor (Goerlich, Mora,…) e itinerarios arquitectónicos, abriendo las puertas de los mejores edificios civiles -Correos y Telégrafos, el Rialto, el Teatro Principal, la casa del Relojero (tras su restauración),…- y religiosos -Iglesia de San Martín,…- fomentando la revalorización iconográfica del entorno construido.

 

Frente a los procesos de gentrificación e imparable privatización del territorio es imperioso reivindicar el derecho irrenunciable de todos a vivir en una ciudad mejor, más abierta, cohesionada y justa. Y la socialización del espacio público y de las arquitecturas  más monumentales y emblemáticas es esencial para reconstruir una nueva polis más plural, dinámica y solidaria.

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